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¿Cómo te sientes?

 



    Según la experiencia de la autora, un factor que determina si alguien puede mejorar su condición mental es si cuenta con un sistema de apoyo en el cual pueda buscar consuelo y conversar libremente de sus preocupaciones, sin estigma o menosprecio a sus sentimientos. Para conocer otras perspectivas sobre el reconocimiento de la salud mental en la comunidad venezolana, se brindó una serie de preguntas a dos jóvenes (19 y 22 años) de la comunidad para entender sus puntos de vista en este problema:


1.¿Considera que las personas con las que convive en el día a día le dan la relevancia que merece a la salud mental? 

    Anónimo 1: "Depende. En mi entorno familiar, la respuesta es un no rotundo. Las emociones nunca han sido un tema de conversación, siendo estas más reprimidas, echadas a un lado y ridiculizadas. La ayuda psicológica es vista como algo exclusivo para personas "locas". En cuanto a mis relaciones sociales, mis amigos, en su mayoría, son mucho más conscientes de la importancia y el impacto de la salud mental en el bienestar de las personas"

    Anónimo 2: "No, no le dan relevancia, sobre todo mis padres. En el caso de ellos, la salud mental no existe o es prácticamente nula, y esto lo digo porque las expresiones de tristeza, llanto, etc., hacen ver a una persona como ridícula, insignificante y débil, sin tomar en cuenta ni tratar de comprender que, lo que para ellos parece sencillo y una ridiculez, para esa persona, puede ser una de las peores cosas por la que está pasando. De darle relevancia, sólo se la damos mi hermano y yo, y aún tengo otro hermano, pero sólo tiene 10 años y todavía no es consciente de la salud mental."

2.¿Suele conversar abiertamente sobre su estado emocional o psicológico con alguien? ¿Por qué?

    Anónimo 1: No. Al crecer en una familia que no priorizaba la expresión de los sentimientos y donde las reacciones emocionales eran castigadas aprendí desde muy temprana edad a reprimir todo lo referente a mi estado emocional, viéndolo como algo de menor importancia y que no valía la pena ser comunicado. De igual forma, me fue enseñado que los problemas no se podían compartir con personas ajenas a la familia (a pesar de que en realidad nunca se me escuchó cuando intentaba comunicarlo con ellos). Al empezar a relacionarme más íntimamente con algunos de mis amigos, noté que este tipo de actitud hacia los problemas no es la regla, y fui aprendiendo a abrirme un poco más con respecto a lo que sentía y lo que pasaba por mi mente. Sin embargo, aún sigue siendo muy difícil compartir mis emociones y pesares con los demás, pues siento que no tienen importancia, que les van a abrumar, que voy a cansarlos y que en realidad no tiene sentido hacerlo ya que nadie más que yo puede solucionar mis problemas."

    Anónimo 2: "Antes solía conversar abiertamente sobre mi estado psicológico o emocional con prácticamente cualquiera. En ese tiempo se podía decir que tenía "más amigos" y conversaba con muchos de ellos para tratar de desahogarme o ver si me podían ayudar. De cierta manera, algunos lograban ayudar, otros no lo hacían en absoluto y lo que recibía era una "¿Vas a sufrir por algo como eso?", "Ya supéralo", "Yo no sé por qué sufres tanto por eso". Por cosas como esas, es que ya no le cuento a cualquiera, o más bien a nadie, ahora soy más reservado. Actualmente no converso con nadie sobre mi estado mental y si me preguntan, tampoco les cuento, evado las preguntas que se relacionen con mi estado emocional y mucho de esto es debido a que, en el pasado, le he contado a muchas personas de mi situación, y sé que la intención de ellos no fue mala, es sólo que no me ayudaron de la manera que yo necesito o quiero, e incluso algunos la empeoraron."

    Con estos testimonios, podemos notar con mucha claridad la manera en que la cultura que se maneja socialmente puede afectar en gran medida en el desarrollo emocional y mental de las personas. La manera en que la expresión de emociones y problemas es minimizada hasta el punto de no darle prácticamente nada de importancia, e incluso castigar los intentos de desahogo de las personas, construye en los afectados una mentalidad cerrada, temerosa de compartir sus sentimientos, negándoles totalmente el derecho de sentir y el apoyo que necesitan. 

    Puede que se trate de un niño pequeño llorando porque sus amigos lo trataron mal en el colegio, un adolescente que se esconde y se siente deprimido debido a que no se siente capaz de sí mismo, o un adulto que está pasando un mal momento en su trabajo y no puede contárselo a su familia por miedo a preocuparles por su seguridad financiera. Todos tenemos emociones que necesitan salir en algún momento, más aún, necesitamos un lugar seguro que nos permita desahogarnos, quizás algunos no necesiten un consejo, incluso únicamente escuchando atentamente, y haciéndole sentir a esa persona que está bien sentirse mal, y que sus emociones tienen valor.

    Sin embargo, vivimos en una sociedad que rechaza todo esto, y como se pudo entender en los testimonios, este rechazo es más fuerte por parte de las generaciones de nuestros padres y las anteriores. Claro, eso no significa que todos los jóvenes sean más abiertos al tema, pues, al final, son hijos de sus padres y crecieron bajo sus valores y sistema de creencias, pero sí puede decirse que estas últimas generaciones, al tener más acceso a la información y la diversidad, poseen una mentalidad dispuesta a entender las condiciones que afectan a otros, si son educados al respecto.

    La manera en que respondemos cuando alguien busca nuestra ayuda, importa. Querer hacer desaparecer sus preocupaciones, haciéndole sentir que su cansancio, tristeza, soledad o miedo no es algo relevante, quizás cuando le tomó mucho esfuerzo a esa persona abrirse y buscar ayuda, se siente igual a que lo estuvieran empujando a un lado, insignificante, poco útil.

    La tristeza y la soledad, como problemas más comunes entre los sentimientos negativos que afectan a una persona, son como veneno para la mente. Contaminan nuestros pensamientos. Son una maleza que parte desde el cerebro y parecen aprisionar el pecho de uno; duelen, te roban el aliento y la energía todos los días. Estos sentimientos, juntos con otras emociones negativas, pueden afectar la manera en que uno se visualiza a sí mismo y la manera en que se comporta en el día a día, transformando nuestra mentalidad por una menos motivada.

    Debemos esforzarnos es cambiar esta conducta tóxica que afecta a personas de todas las edades. Dejemos de hacer sentir a las personas débiles, ridículas o locas por tener emociones. Creemos un lugar seguro, en nuestros hogares, escuelas, trabajos y comunidades, donde las personas puedan sentirse libres de expresarse, y sean capaces de buscar ayuda profesional sin sentirse como una paria social, avergonzados de su condición. Eduquémonos a nosotros mismos y a otros sobre la importancia de la salud mental, sobre la tolerancia, comprensión y empatía. Esforcémonos como sociedad en ser buenos amigos, buenos padres, dispuestos a sostener a aquellos que sienten que han perdido su fuerza. No nos excluyamos.

    Si necesitas ayuda, búscala. Nadie es menos por ser humano. Apoyémonos. Recuperemos conciencia, por ti, por mí y por todos.


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